jueves, 10 de febrero de 2011

La resistencia de la pluma

Y ahora, con diez gramos menos sigues tu andadura con la sonrisa en reserva, los ojos sin ganas de posarse sobre nada y una etiqueta grabada a fuego en tu espalda a la que no puedes renunciar. El ámbar que te seda se transforma en agua cristalina, que se escapa entre tus pestañas, y antes de llegar al suelo cae en otro vaso con hielo y naranja. Pero no es suficiente, no puedes borrar algo que ya no tienes. Te han restado un latido y premiado con una fotografía que lleva tu nombre. Sin embargo, el hueco en el pecho continúa a la vista de quien sabe mirar. Las copias no suplantan al original; todo el calor y el cariño acumulado no compensan el invierno eterno al que te ha sometido sin consultártelo, sin darte tiempo siquiera a buscar una manta para soportar el frío al que te ha condenado. Le gritas hasta quedarte sin voz, le culpas de todo para luego perdonárselo cuando su imagen regresa a tus retinas, a tus manos, al folio en blanco.
El camino ha cambiado de color, de dirección, de terreno, pero continúa estando en frente y las plantas de los pies no te permiten parar. Ni tus otros hombros. Ni tus otras manos. Ni tus otros brazos.